¿Cómo se vive un terremoto a 10.000 km de tu hogar?
Mal. Es la única respuesta sincera que os podemos dar. Después del traumático momento, solo piensas en que estás lejos de tu familia, amigos y hogar… La realidad es que fuimos unos privilegiados, ya que en la zona donde nos encontrábamos, a unos 800 km del epicentro, no sucedió nada grave. No hubo muertos ni daños materiales importantes, tan solo algunas grietas en edificios y en nuestras mentes. No puede decirse lo mismo de otras zonas como en Mandalay, Myanmar, donde se ha registrado una de las tragedias naturales más grandes de los últimos años.
Aquí os dejamos un relato de cómo lo vivimos:
Dicen que cuando vas a morir, ves a toda tu vida pasar por delante. Pero yo no la vi. ¿Será que la vida sabía que ese no era ni mi momento ni la manera en la que yo estoy destinada a morir? o ¿será que había en mí un sutil atisbo de esperanza que me decía que tenía aún posibilidades, aunque remotas, de sobrevivir? Fuese por el motivo que fuese, la vida no me pasó por delante.
Eran alrededor de las 13h y yo estaba de pie en el salón, mirando quién sabe qué en el móvil mientras esperaba a que Paco se acabase de preparar para salir de casa cuando, de repente, me empezó a dar vueltas todo. Pensé que me estaba mareando y me iba a desmayar. Me apoyé con una mano en el sofá para amortiguar mi caída y levanté la mirada de la pantalla. Ahí fue cuando me di cuenta de que era el edificio el que se estaba tambaleando de lado a lado, no yo. Se me encogió el corazón a más no poder y sin entender siquiera lo que estaba pasando grité con un voz llena de horror: «¡Amor, la casa se está moviendo!».
Creo que fue cuestión de segundos, pero recuerdo a Paco entrar corriendo en el salón, agarrarme con fuerza de la muñeca y tirar de mí hacia fuera del piso. ¿Cómo reaccionas ante algo que no sabes ni qué es? Porque yo, sinceramente, creo que en ese momento aún no era consciente de lo que estaba ocurriendo. ¿Lo sabría Paco? Nos dirigimos hacia las escaleras de emergencia del edificio y las empezamos a bajar a toda velocidad entre gritos desesperados de la gente, crujidos escalofriantes del edificio y trozos de pared que se te caían prácticamente encima. Bajamos diez pisos con la certeza (equivocada) de que en cualquier momento el edificio se nos derrumbaba encima.
Es muy difícil de explicar con palabras la angustia que se siente y el flujo atropellado de pensamientos que te invaden violentamente cuando luchas por tu vida, cuando huyes de la muerte, o cuando el instinto de supervivencia se apodera de ti. Pero diez putas plantas dan para mucho. Recuerdo la seguridad que emanaba Paco a pesar de poder escuchar su respiración tan agitada como la mía. Recuerdo sentir su mano sujetar la mía con fuerza y no dejarla ir en ningún momento. Recuerdo mirarle y verle descalzo pero con las gafas de sol puestas, y pensar: «¿qué coño…?». Recuerdo decirle un «te quiero» por miedo a no poder decírselo nunca jamás. Y recuerdo pensar «qué cabrona es la vida, que después de darme lo más bello del mundo y dejarme sentir el amor más sano, puro y fuerte que he sentido en mi vida, me lo va a arrebatar todo, así, de repente, sin más». Y casi me rompo. Dejé por un momento de sentir miedo para sentir tristeza, una de esas que te golpea el pecho y te deja sin respiración, que invade cada rincón de tu ser y te desgarra el alma. Y me dije: «No me quiero morir».
Anna
Dicen que cuando estás a punto de morir, toda tu vida te pasa por delante. Pues a mí no me pasó. Eran las 13:30h del mediodía del 28.03.2025, yo estaba en mi habitación, cuando de repente Anna me grita: «Amor la casa se está moviendo!». No me había dado cuenta hasta ese momento y empiezo a ser consciente de un vaivén que cada vez se acentúa más. Comienzo a escuchar un sonido sordo como si viniera de las entrañas del planeta junto con crujidos en las paredes. Un terremoto.
Por mi cabeza pasa como un rayo el pensamiento: «Estoy en la planta 10 de un edificio que se tambalea como un barco en mitad del oleaje». Mi instinto no me deja razonar, me grita que salga de esa jaula de metal y cemento. Corro al salón, agarro a Anna de la muñeca y salgo corriendo por la puerta buscando las escaleras de emergencia. No he pronunciado ni una palabra desde que me ha gritado asustada.
Escucho la respiración de Anna, está muy asustada; yo también. El edificio entero se mueve y nosotros tenemos que bajar 10 plantas sin saber si en cualquier momento el techo nos va a aplastar o el suelo va a desaparecer. Oigo, en segundo plano, el sonido del edificio crujiendo y los gritos y sollozos de los vecinos que bajan desesperados con nosotros. Las escaleras no se acaban y en mi cabeza empiezan a llegar pensamientos como «¿De verdad voy a morir aquí?», «¿Así se va a acabar mi vida?», «No puedo creer que todo vaya a acabar así». Todos esos pensamientos se acaban cuando escucho a Anna diciéndome: «Amor, te quiero mucho, ¿vale?». Se está despidiendo.
La despedida de Anna bloquea mi mente y me deja el alma fría como el hielo. Giro la cabeza mientras seguimos bajando escaleras como si nos persiguieran, y al verla con los ojos entre lágrimas y con cara de miedo solo me salen por la boca las palabras: «Tranquila, no va a pasar nada». Mi mente se negaba a aceptar esa despedida. «Me queda una vida entera contigo». «Me niego». Siento una vez más que la tengo que sacar de ese puto edificio.
Delante, nuestros vecinos y el personal que trabaja en el edificio nos bloquean, no podemos adelantarlos. Una señora mayor tropieza y se cae al suelo. Sollozando, la mujer de su lado la levanta y tira de ella escaleras abajo. Hemos llegado al garaje. Por fin. El temblor se siente más débil. Me toco la cara y me doy cuenta de que llevo las gafas de sol puestas. Bordeamos el edificio mirándolo por si comienza lo que llevamos temiendo desde que empezó esta pesadilla.
Estamos fuera por fin, rodeados de vecinos asustados. Siento el asfalto caliente en mis pies. Estoy descalzo. Empiezo a pensar en qué cojones acaba de pasar mientras sigo mirando el edificio de 14 plantas y 3 fases del que acabo de salir. Sigo agarrando a Anna de la mano, me abraza llorando. Creo que ya no la voy a soltar jamás. Estamos bien, no ha pasado nada. El nivel de estrés empieza a disminuir y empiezo a pensar en que no tengo ni móvil, ni pasaporte, ni dinero, ni zapatos. Pero por lo menos el sol no me molesta.
Paco

